¡Renuncio!

“Cuando no te gusta tu trabajo no renuncias, simplemente vas todos los días y haces todo de mala gana”

-Sir Homero Simpson

No todos podemos darnos el lujo de renunciar al trabajo. Tenemos hijos que mantener, cuentas que pagar. Además, aventarse al mar de golpe (donde ya nadan varios peces con maestrías en el extranjero, tres idiomas, 400 diplomados y demás) es difícil. Nos hace sentir indefensos.

Yo me vi obligada a renunciar por la simple y poderosa razón de que mi parte más enferma y retorcida habría atacado a mis compañeros de trabajo, en especial al contador, con la palita para partir los pasteles de los cumpleaños que celebramos (más por inercia que otra cosa) en la oficina.

¿Pero por qué? se preguntará el lector, si como están las cosas uno se tiene que aguantar, y hay peores…

Era un trabajo al que “tuve la oportunidad de entrar”: esa empresa socialmente responsable “me hizo el favor de acogerme” con prestaciones de ley (de esas que casi se extinguen con los dinosaurios). Una silla y una computadora modelo “jodida pero funciona, nomás reiníciala cada que se trabe”.

… Aún así tuve la osadía de renunciar. Soy soltera y no tengo hijos lo cual influyó para que me aventurara a dejar esa prisión en la que me hicieron el favor de estar, con el mejor equipo, y la gente más proactiva… para meterle el pie a los demás, pero proactiva, de eso no hay duda.

Este espacio más que ser una catarsis (muy necesaria de todas formas), trata de mostrar cómo es la vida con casi 30 años y desempleada… en Latinoamérica. Let’s Rock and Roll.

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