Cuidado con el Trump

Cuando tienes un perro muy latoso lo más probable es que destruya la propiedad ajena – aka plantas, flores o puertas, y que defeque en el jardín de al lado.

En estos casos tu vecino, con la cara roja por la rabia, saldrá muy malhumorado a gritarte por no educar bien a tu mascota.

Tu vecino podría optar por poner una cerca para que el can no se coma las flores de su jardín y solo se coma las tuyas (o al menos eso es lo que cree que sucederá). Al fin y al cabo, tu quisiste tener un perro ¿no? Por lo tanto, la lógica detrás de poner la cerca es “hazte responsable de tu propio desastre”. Lo cual funciona muy bien con los perros.

Ahora supongamos que hay perros en ambas casas y que los animales de la tuya contrabandean unas croquetas ‘especialmente sabrosas’ hacia la casa de tu vecino, en donde no se les permite comer ese tipo de alimento.

Los perros que consumen las croquetas de contrabando, al tener facilidad para obtenerlas (y porque la segunda enmienda de su Constitución les da el derecho a hacerlo), les pagan a los primeros con armas, que de tu lado del jardín son especialmente peligrosas porque pueden caer en manos de canes organizados y desatar la violencia en tu barrio. Ni tu vecino se salvaría de una jauría rabiosa como aquella, por más vallas que pongas.

Hay que considerar que nuestros amigos caninos son astutos: podrían mandar ‘Perros de Troya’ (mulas), podrían rascar y rascar bajo la cerca (como sabemos que hacen). Se aliarían con canes de otras casas para lograr el trasiego de croquetas entre otras técnicas que ya conocemos y las que faltan por conocer…

Mis disculpas a los pobres caninos por compararlos con unos animales tan salvajes como nosotros, pero me sirvieron de analogía para formular la pregunta que quisiera hacerle a Trump.

¿Parece esto un problema que un muro pueda solucionar?

Es más lógico disciplinar a los perros de ambos lados y resolver su adicción a las croquetas especiales, así como regular la tenencia de armas y combatir la corrupción desde la raíz.

Ese muro cuya construcción inicia hoy es una defensa que ya desde su planeación resulta ineficaz, ilógica, retrógrada a nivel Neanderthal. Una pérdida de tiempo y dinero para ambos lados. Algo que recordaremos como otra gran estrategia fallida. Pero no para todos…

La guerra es un negocio. Los recursos que podrían salvar la situación se van a los bolsillos de varios millonarios dueños de compañías armamentistas y de seguridad mientras los ciudadanos comunes y corrientes mueren en las calles, como perros.

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